Una interesante nota publicada por The Guardian el 16 de agosto de 2026 (“AI cheating, leaked papers and marking errors: how exam protests went global”) revela algo inquietante sobre los exámenes digitalizados en línea: India, Portugal y México, tres países muy distintos, han vivido fuertes protestas estudiantiles vinculadas con sus sistemas de evaluación.

En India, la filtración de exámenes afectó a millones de estudiantes y desencadenó una crisis política. En Portugal, la digitalización de la corrección produjo graves errores en las calificaciones. En México, la UNAM decidió que unos 58,000 postulantes repitieran su examen de admisión ante sospechas de fraude.

A eso se suma la inteligencia artificial. El viejo papelito escondido en la manga parece casi una pieza de museo. Hoy existen audífonos diminutos, cámaras, comunicación instantánea con personas fuera del aula y, por supuesto, acceso a una IA capaz de resolver preguntas y redactar ensayos en segundos.

La reacción habitual del sistema educativo es previsible: más vigilancia, más controles, más tecnología para detectar la tecnología. Pero ¿Y si estamos haciendo la pregunta equivocada?

Sarah Eaton, especialista en ética académica citada por The Guardian, plantea algo mucho más incómodo: cuando el resultado de un único examen puede determinar el futuro de una persona, hacer trampa deja de ser solamente un problema individual. También hay que mirar el sistema que ha colocado semejante peso sobre esa prueba. Si una IA puede producir un ensayo impecable en segundos, quizá haya llegado el momento de preguntarnos si ese ensayo sigue demostrando lo que creemos que demuestra. Dinamarca ya ensaya otra respuesta: los estudiantes tendrán que defender oralmente sus trabajos escritos.

Ahí está el giro que necesitamos.

Durante décadas se han construido enormes sistemas educativos alrededor de una pregunta: ¿cómo hacemos mejores exámenes? La IA obliga a formular otra más relevante: ¿cómo sabemos realmente lo que un estudiante sabe, comprende y es capaz de hacer? No es lo mismo.

Podemos convertir las aulas en aeropuertos, instalar cámaras, detectores, bloqueadores y sofisticados sistemas de vigilancia. Podemos perseguir al estudiante que usa IA con una tecnología todavía más poderosa para descubrirlo. O podemos reconocer que quizá estamos intentando blindar una puerta de un edificio que necesita ser rediseñado.

El problema no es que la IA pueda contestar nuestros exámenes. El problema es que sigamos haciendo exámenes cuyas respuestas puede contestar una IA. Y si una universidad del siglo XXI no es capaz de imaginar una mejor manera de reconocer talento, pensamiento, creatividad, criterio y potencial, quizá el examen de admisión no sea lo único que necesite revisión.

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