Muchos padres les preguntan a sus hijos: ¿Cuánto sacaste? Muchos menos preguntan: ¿Qué descubriste? ¿Qué cambió en tu manera de pensar? ¿Qué problema eres capaz de resolver ahora que antes no podías? ¿Qué pregunta nueva te surgió? ¿En qué te equivocaste y qué aprendiste de ese error?

Es comprensible. Una nota es fácil de entender. El aprendizaje profundo no. Un A o un 90% cabe en una conversación de diez segundos. Explicar cómo cambió la manera de pensar de un adolescente requiere tiempo, atención y conversación.

Por eso las notas tienen una ventaja cultural enorme: son cómodas. Permiten comparar hijos, colegios, compañeros y generaciones. Permiten construir rankings. Y, sobre todo, permiten a los adultos sentir que saben cómo va el alumno.

Pero la tranquilidad de los adultos no debería ser el objetivo de la educación. Quizá estamos premiando precisamente lo contrario de lo que necesitamos. El mundo que viene necesita personas capaces de convivir con la incertidumbre, formular preguntas, trabajar con otros, interpretar información contradictoria, aprender continuamente y tomar decisiones sin tener todas las respuestas.

Sin embargo, buena parte de la cultura escolar todavía premia exactamente lo contrario: no equivocarse, seguir instrucciones, dar la respuesta esperada, repetir correctamente, terminar a tiempo, obtener una buena calificación.

No es que esas habilidades carezcan de valor. Es que son insuficientes. El problema empieza cuando lo suficiente para aprobar se confunde con lo necesario para aprender y vivir.

Quizá por eso deberíamos dejar de preguntar solamente qué nota obtuvo un alumno y empezar a preguntar algo mucho más perturbador: ¿qué puede hacer hoy que antes no podía hacer? Y todavía algo más importante: ¿qué hace cuando nadie le dice cuál es la respuesta correcta?

Ahí comienza otra educación. Una educación en la que el examen vuelve a ser lo que debería haber sido desde el principio: una herramienta, no el destino. Porque el verdadero fracaso educativo no ocurre solamente cuando un alumno obtiene B o C. Puede ocurrir también cuando obtiene AD. Incluso —y esta es la paradoja— cuando obtiene AD. Especialmente si sale del examen creyendo que aprendió, cuando lo único que aprendió fue a rendir bien el examen en base a un entrenamiento conductista.

Y aquí aparece una contradicción incómoda. Mientras el Minedu siga transmitiendo que mejorar la educación equivale a mejorar notas o subir puntajes en las pruebas censales de Matemática y Lectura, como se ha anunciado recientemente, seguirá empujando a padres, colegios y alumnos hacia aquello que sus propios documentos educativos dicen querer superar.

Porque esos mismos documentos hablan de pensamiento crítico, creatividad, trabajo colaborativo, dominio del mundo digital, espíritu emprendedor, autonomía y capacidad para resolver problemas. ¿Dónde está todo eso cuando el gran titular del éxito educativo vuelve a ser que subieron unos puntos en Matemática o Lectura?

No se puede proclamar una educación para el siglo XXI y seguir enviándole a la sociedad señales de éxito escolar propias del siglo XX. Mientras el Minedu mida el avance mirando principalmente el puntaje, no debería sorprenderle que los padres sigan llegando a casa y formulando la pregunta que el propio sistema les enseñó a hacer: “¿Cuánto sacaste?”.

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